Cartas fúnebre a la Eternidad
Tan solo conozco una enfermedad en nuestro mundo
para la cual palabras tan opuestas como «vencer» y «huir»
sean ambas y de la mano, sinónimos de «morir»,
mi amor.
La E. B. que yo conocí se suicidó hace justo
ciento noventa y tres días y diecinueve horas con veintidós minutos. La noche
que ella murió todos, salvo una, pensaron que el difunto era yo. Sin embargo, la
vida es una ilusión que existe en los ojos de aquel que mira y, yo, seguí
amándola sin reparar siquiera en que estaba muerta. Apartaba tiernamente la escarcha de sus manos y
paseaba su cadáver de la mía por las calles de un verdadero amor. A imagen y
semejanza del príncipe que me hizo ser, colocaba suavemente su maniquí
sobre el césped y, como a una flor marchita, o a la madera húmeda tras el fuego, le
nacieron los gusanos. Así, cuando aquella noche y
sin dejar de mirarla hablaba a sus oídos sordos sobre la relación secreta entre
ella, el cielo y yo, no vi los buitres que sobrevolaban nuestras cabezas ni
escuché las canciones fúnebres que se entonaron por las dos. Allí donde nos
tumbáramos, allí donde cerrara los ojos e inevitablemente aparecieras tú, allí
estaba tu tumba. Y dentro, yo. Paseábamos y en silencio le recitaba cartas de amor
que ella jamás me respondía; ya no tenía labios. Amenazaba con besarla; las
larvas retorciéndose imitaban los latidos nerviosos de un corazón. Hizo falta
aquel error mío al intentar besarte el hueco sangrante que había aparecido en
tu pecho para que me haya llegado este nuevo perfume tuyo a putrefacción...
Post Scriptum. Sit tibi terra levis, que los años que te quedan bajo tierra te sean leves sin mí.